martes, 10 de noviembre de 2015
Instinto femenino vs. Fanatismo masculino
Según se dice, en la diferencia está el gusto y en la llamada “batalla de los géneros” a cada grupo se le asignaron características y talentos diferentes. Por supuesto que ninguna capacidad es totalmente propiedad de uno u otro género, pero se ve frecuentemente que el hombre desarrolla más intensamente ciertos aspectos y la mujer lo hace con mayor profundidad en otros. Es innegable que en el rubro intuición, las chicas llevan una notable ventaja, aunque con el correr de las generaciones es posible que la brecha se reduzca considerablemente. Dicen que la especie está en constante evolución. Este avance seguramente permitirá que los hombres, se encuentren progresivamente más aptos desarrollar una especie de corazonada varonil que le sirva para distinguir engaños, artimañas y emboscadas.
Cuando creemos que esta condición –la de esta clase de presentimiento- es ciertamente parte de la condición humana, resuena una voz en disidencia. Como la de los investigadores de la Universidad de Hertfordshire, encabezados por Richard Wiseman - profesor del Entendimiento Público de la Psicología-, quiénes tras analizar la conducta de 15.000 personas, arribaron a una conclusión para ellos, contundente: “La intuición femenina no es nada más que un mito inventado por la sociedad”. De todos modos, actualmente goza de mayor crédito la existencia de esta sensibilidad femenina. Pero de todas las posibilidades que abre el instinto el más afinado con que cuenta el género femenino, por su agudeza, es el instinto materno. Es una condición que traen desde niñas y ya se lo puede observar a los dos años cuando cuidan con tanto esmero esos bebotes de juguete. Es ancestral y es asimismo una inspiración. Lo que asombra es cuán direccionado tienen ese estímulo interno; no hay dudas que su instinto está puesto al servicio de lo más sagrado que les da la vida: un hijo.
Y ese impulso que ellas mantienen activo no disminuirá con el correr de los años, no se gasta, no se disipa. Como seres complementarios, los varones también tenemos un rasgo que nos distingue: somos fanáticos. Lo hemos adquirido culturalmente, es un aprendizaje, asimilado también desde pequeños. Por ejemplo, se hace muy notorio en el fervor desbordante por colores de un equipo de fútbol, en el entusiasmo excesivo por una marca de autos y su escudería, o cualquier otra cosa. Cuando algo nos gusta o sentimos que nos moviliza interiormente, nos transformamos invariablemente en fanáticos. Aparecen las preguntas: ¿Cuánto de ese apasionamiento ilimitado podemos depositarlo en algo que nos trascienda? Como hacen ellas con su instinto volcado a la maternidad, ¿podríamos los hombres destinar parte del natural fanatismo al perfeccionamiento de nuestra paternidad?
Si tenemos en cuenta que las mujeres pueden tener “instinto materno”, entonces ¿podemos desarrollar los varones el “fanatismo paterno”? Eso significaría colocar parte de esa afición arrebatada, de la devoción atolondrada en un nuevo lugar: los hijos. ¿Es muy delirante pensar que podemos volvernos locos por nuestros hijos como lo hacemos con nuestro equipo o deportista favorito? ¿Seremos capaces de traspasar una porción de ese fervor exuberante en favor de nuestro infante? ¿Podremos imprimirle igual intensidad?
Practiquemos entonces, cuando vayamos a buscar a nuestro retoño al colegio, podemos proponer un encuentro expresivamente afectuoso, concedámonos un abrazo tan grandioso como los que se dan los jugadores luego de un fantástico gol. Festejemos de un modo muy efusivo cada logro deportivo, académico o de simple aprendizaje casero. Demostremos abiertamente esa devoción por el niño.
Posiblemente ellas se enamorarán de tu nueva actitud y comentarán: “Mira, eso es típico del fanatismo paterno”. Al fin, el fanatismo tendrá un nuevo y productivo sentido.
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